media vuelta

ACTO PRIMERO

CUADRO PRIMERO

Sala-comedor. Derecha del espectador: mesa redonda, cuatro sillas. Izquierda: un sofá, dos sillones. Frente: librero; encima del librero un busto en yeso de Beethoven. A la derecha: puerta de la calle con su gancho. Al fondo: puerta que da a un cuarto. A la izquierda: cocina, de la que se verá sólo una parte. Una reproducción de La Madre, de Whistler sobre la pared izquierda. Del techo cuelga una lámpara de cuatro bombas.

LUZ MARINA. ¡Qué calor! (Pausa.) ¡Qué caloor!

OSCAR. ¿Ya vas a empezar con el calor?

LUZ MARINA. ¿Qué quieres? ¿Que hable del frío? Ya lo ves: estamos en pleno noviembre y seguimos achicharrándonos. (Pausa.) Hasta enero...

OSCAR. (La interrumpe.) Sí, Luz Marina, es la quinta vez que lo dices...

LUZ MARINA. (Lo interrumpe.) Pues lo diré aunque no te guste. (Pausa.) Hasta enero no podremos respirar. (Se vuelve a abanicar.) Y para eso, no será frío frío, pero al menos respiraremos. (Pausa.) A ver... ¿diciembre? Bueno, pongamos diciembre. (Pausa.) Diciembre, enero, febrero y marzo, se respira. (Pausa.) Abril, mayo, junio, julio...

OSCAR. (La interrumpe.) ¡Por lo que más quieras. Luz Marina! No me dejas escribir. Si tienes tanto calor date una ducha...

LUZ MARINA. No puedo, me daría una embolia. La digestión son tres horas. Y me quedo corta... Con estos calores las digestiones son muy lentas. (Pausa.) Abril, mayo, junio, julio, (Acentuando más.) agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre: uno se asa. Así como suena: asados y requeteasados, (Pausa.) Por h o por b nunca puedo acabar de comprarme el ventilador. (Pausa.) El mes pasado porque papá se sacó dos cordales; y el antepasado porque la ropa del chino se montó en catorce pesos... Estoy muy cansada... (Pausa.) Pero este mes, pase lo que pase, me lo compro. (Subiendo la voz.) ¿Lo oyen? ¡Me lo compro! Y al contado, nada de plazos. Y grande. Ya le tengo echado el ojo a uno de diez y ocho pesos. (Pausa.) A mí el calor no me va a matar. (Pausa) (más alto.) Si alguien tiene que sacarse una muela, que se la saque con su dinero o que vaya a la Casa de Socorro... (Pausa.) Pero si le sacan la muela en la Casa de Socorro seguro que se infecta de pies a cabeza... Y entonces caerá todo sobre mi. (Pausa larga, empieza a cortar la tela, de pronto deja de cortar y señala la tela con el dedo índice.) Este es el último que le corto... Ya me debe veinte pesos... (Abre el librero y saca un papelito, vuelve a la mesa, lo consulta.) Juana me debe seis, Irene tres, Amalia cuatro, y ésta (Vuelve a señalar la tela.) veinte; no veinte no, diez y ocho. (Pausa, sumando.) Seis y tres: nueve, nueve y cuatro: trece, trece y diez y ocho... (Murmura varias ve­ces.) trece y diez y ocho... Oscar, ¿cuánto son trece y diez y ocho?

OSCAR. ¿Trece y diez y ocho? Pues trece y diez y ocho... Espérate... (Empieza a escribir las cantidades.)

LUZ MARINA. Tú lo único que sabes contestar rápido son tus rimitas: Harina con cantina...

OSCAR. Me ofendes. Yo no hago rimas ripiosas. Además, ya nadie rima. Oye qué versos modernos:

El pez de la torre nada en el asfalto...

LUZ MARINA. (Lo interrumpe.) ¡Ave María! ¡Qué disparate! Los peces no pueden nadar en el asfalto. Los peces nadan en el agua. Y suponiendo que pudieran nadar en el asfalto, con el calor que tenemos se asarían. (Pausa, gritando.) ¡Papá, ¿cuánto son trece y diez y ocho?

ÁNGEL. (Desde el cuarto.) ¡Treinta y uno!

LUZ MARINA. ¿Treinta y uno?

ÁNGEL. Sí, treinta y uno.

LUZ MARINA. Treinta y un pesos... Así el dinero no luce nada. (Pausa.) ¿Por qué me lo pagarán a pedazos? (Pau­sa.) Los peces nadan sólo en el agua... (Se abanica de nuevo.) ¡Qué calor! ¡Es fuego! Y en noviembre. (Pausa.) Mañana es día treinta. Dios sabe si me pagarán puntualmente. (Vuelve a cortar la tela.) ¿Y si me hago el vestido? Por que no pienses que esa te lo va a pagar todo junto. Y si me lo hago, ¿con qué compro los botones? ¿Y los adornos? (Pausa.) Cuatro para el panadero, tres para el lechero, cinco para el chino de la ropa...

OSCAR. No te olvides que te pusiste con cinco pesos.

LUZ MARINA. Cinco pesos. ¿Para qué?

OSCAR. Para mi libro de poemas. Ya tengo veinte y cuatro pesos. Y además, cincuenta centavos para el número de la rifa.

LUZ MARINA. ¡Ah, eso sí que no! El cuadro que estás rifando es horroroso. Te daré los cinco pesos. No entiendo tus poemas, pero al fin y al cabo la familia es la familia. (Pausa.) Óyelo bien: de rifa, nada. ¿Te enteras? No me gusta la pintura modernista.

OSCAR. (Dando vuelta al sillón se pone frente al público, al mismo tiempo que habla.) ¡Vamos, ponte vulgar! Haz causa común con toda esa ralea, que dice que la pintura moderna no es pintura y que cualquiera puede pintar un cuadro.

LUZ MARINA. ¡Y es verdad! Si me diera la gana pintaría cuadros modernos como tu amiguito. (Pausa.) Oye, hace días que no viene a comer. ¿Está enfermo?

OSCAR. Embarcó la semana pasada. Pronto estará en París. Por su arte está dispuesto a pasar hambre y frío.

LUZ MARINA. Frío... ¿Has dicho frío? ¿Qué más querría yo...? (Suspira, pausa.) Pero no estoy en París, estoy en La Habana, donde todo quema. El otro día por poco sí me cocino en la guagua. Me tocó el asiento de atrás. Aire caliente por debajo, por arriba. Y cuando llego a esta cochina casa, arroz con frijoles bien caliente. (Pausa.) ¿Qué me queda a estas alturas? Morirme cocinada. Treinta años, solterona, la costura, las clientas malapaga, y este abanico...

ÁNGEL. (Sale del cuarto con el periódico en las manos; se sienta en un sillón, y lee.) Oye esto, Luz Marina: "Debido a los grandes calores, trescientas personas mueren en Calcuta." ¿Qué me dices?

LUZ MARINA. Me parece perfecto. Calores que matan de verdad y de golpe. Esos indios hacen las cosas en grande. (Pausa). Pero aquí, el calor no te mata (lo que sería una solución) pero tampoco te deja vivir. (Pausa). ¿Cómo sigues de la muela?

ÁNGEL. Casualmente, le estaba diciendo a tu madre que me está doliendo como nunca.

LUZ MARINA. Pero no hace todavía un mes que te sacaste dos cordales.

ANA. (sacando medio cuerpo fuera de la cocina.) ¿Y qué? Tu padre tiene muelas como todo el mundo. ¿Qué quieres? ¿Que no las tenga, que no le duelan?

LUZ MARINA. Pero es tan seguido...

ANA. (Entrando en la sala). Te veo venir. Estás pensando que también habrá que sacar esa muela...

LUZ MARINA. Es lo más probable. Tenemos una suerte... Ahora más que nunca, adiós ventilador.

ANA. Pagaré la extracción con el dinero de mi retiro.

LUZ MARINA. Desvestir a un santo para vestir otro... Lo que falte para el alquiler de este mes lo pondrá el Príncipe Dadivoso. .. (Pausa). En esta casa entran ciento veinte pesos. Sesenta de tu retiro y sesenta de mis costuras. Cuando no son cuarenta. Con Enrique, ni contar... Desde que se casó no da un kilo.

ANA. El mes pasado me dio cinco pesos.

LUZ MARINA. ¡Gran aporte! Enrique, el Protector da cinco pesos. No me hagas reír.

ÁNGEL. Bueno, todavía no estoy sentado en el sillón del dentista... Me pasará el dolor con un poco de guayacol. (A Ana). A lo mejor, Laura tiene. ¿Por qué no le preguntas?

ANA. (Va a la cocina, grita por la ventana). ¡Laura, Laura! (Vuelve a la sala).

LUZ MARINA. El guayacol horada las muelas; se forma un cascarón. Es muy probable que tengan que operarte.

ANA. Déjate de alarmar a tu padre. El dolor de muelas va y viene.., Hay para dos años que las mías no me dan guerra.

LUZ MARINA. (Se abanica). Sea como sea, me seguiré asando. Este mes cobraré nada más que... ¿Cuánto es setenta y ocho menos treinta y uno?

ÁNGEL. Cuarenta y siete.

LUZ MARINA. (A Ana, con cara de triunfo). ¿Lo estás viendo? Cuarenta y siete. (A Oscar). Ni pienses, siéntate a esperar los cinco pesos. Suponiendo que cobrara los sesenta pesos, todavía hay que pagar cuatro atrasados del chino más los seis de la ropa de este mes; dos pesos al nevero. (Pausa). Sesenta tuyos y cuarenta y siete míos, ¿cuánto es?

ÁNGEL. Ciento siete.

LUZ MARINA. ¿Cuánto faltaría para ciento veinte?

ÁNGEL. Trece pesos.

LUZ MARINA. ¿Y seis más?

ÁNGEL. Diez y nueve.

LUZ MARINA. ¡Diez y nueve pesos! ¡Como para pensar en sacarse muelas y en ventiladores! (Pausa). Para colmo, no tengo un trapo que ponerme. Precisamente ahora, cuando llega el invierno.

OSCAR. ¿Qué invierno? ¿El cubano?

LUZ MARINA. El invierno, el invierno universal; primavera, verano, otoño e invierno. ¿Convencido? (Pausa). No me voy a poner ropa de verano en invierno. Prefiero asarme a que digan que no estoy a la moda.

(Entra Laura).

LAURA. Buenas noches. ¡Qué calor!

LUZ MARINA. No diga, Laura... ¿Calor? ¡Frío, hace un frió riquísimo!

LAURA. Esta Luz Marina... Siempre con sus chistes. (Pausa). Pero ayer hizo más calor que hoy.

LUZ MARINA. Hoy más que ayer. Ya llevo tres duchas...

ANA. Yo creo que Luz Marina tiene razón. Lo de hoy es horroroso.

ÁNGEL. Ustedes se quejan del calor, pero quisiera verlas en Nueva York. (Pausa). Cuando yo vivía en Nueva York...

LUZ MARINA. (Lo interrumpe). Papá, eso ya pasó; y ahora hace rato que te asas. (A Laura). Es muy difícil que me equivoque con el calor: hoy hace mucho más que ayer.

LAURA. Para qué discutir... Ayer más que hoy, hoy más que ayer, siempre nos asaremos. (A Ana). ¿Quería algo?

ANA. Ángel está rabiando con sus muelas. ¿Tiene un poquito de guayacol?    :

LAURA. Manuel gastó el poco que había. No es juego, son tres muelas picadas. (Pausa). Tengo esencia de clavo, ¿sería lo mismo?

ÁNGEL. No se moleste. Laura; ahora casi no me duele.

ANA. (Malhumorada). Te duele, pero prefieres rabiar a ponerte esencia de clavo. (Pausa). No quiero que pase lo de anoche.

ÁNGEL. ¿Qué pasó anoche?

ANA. No me dejaste dormir con tus paseos por el cuarto. (A Laura). Cuando se vaya a acostar me trae la esencia de clavo.

ÁNGEL. Le agradezco, Laura, pero estoy acostumbrado al guayacol. (Pausa). Tengo que salir de todos modos; lo compraré en una botica de turno.

LAURA. (A LUZ MARINA). ¿Ya sabes lo que dijo el radio?

LUZ MARINA. Tenemos radio pero es lo mismo que si no lo tuviéramos. En esta casa nada más que se oye la pelota.

ÁNGEL. Es mi único entretenimiento. Si también van a quitarme eso...

ANA. Cualquiera creería que te lo hemos quitado todo. Siempre haces lo que te da la gana. Por ejemplo, te irás de paseo esta noche.

ÁNGEL. Tengo sesión en la Logia.

LUZ MARINA. (A Ana). Mamá, basta. (A Laura). ¿Qué dijo el radio?

LAURA. Que desde mañana faltará la carne en La Habana.

LUZ MARINA. Querrán subir los precios. (Pausa). Me da lo mismo, para lo que me importa la carne... (Mirando al padre). Papá sufrirá horrores: a él que le den carne por la mañana y carne por la noche.

LAURA. (Riendo). Cómo se dice, ¿carnívolo?

LUZ MARINA. (Riendo). No, Laura. Carnívoro.

LAURA. Eso es: carnívoro. Mi marido también es carnívoro

OSCAR. (Levantando la vista del papel). La carne faltará porque el gobierno la está mandando para el ejército norteamericano. La llevan en dirigibles.

LUZ MARINA. ¿En dirigibles? ¿Estás chiflado. Oscar?

OSCAR. Sí, en dirigibles. Me lo dijo Alicia, y tú sabes que ella trabaja en la embajada norteamericana.

(Entra Enrique)

ENRIQUE. ¿Qué dice la familia! Buenas noches. Laura. (Pausa). ¿Saben ya lo de la carne?

ANA. Laura acaba de darnos la noticia. Imagínate. Me volveré loca. Tu padre no come otra cosa.

ENRIQUE. (Se sienta en el sofá). El viejo no es bobo. ¿No es verdad, viejo? Un buen bisté con papas fritas y su mojito, o una carne mechada con jamón... (Pausa). Digan lo que digan, esas comidas americanas son la misma muerte. ¿Cuáquer? ¡Puah! ¿No es verdad, viejo?

LAURA. (Se levanta). Me voy a oír la novela de las nueve.

OSCAR. ¿Ya son las nueve? Tengo que ir a una conferencia.

ENRIQUE. (A Oscar). ¿Poética? (A Laura). ¿Qué novela Laura?

OSCAR. (Con sequedad). Poética.

LAURA. (Ya en la puerta). "Vidas Cruzadas". Está fe-nómena. Es mi único entretenimiento. Buenas noches.

(Todos): Buenas noches.

ENRIQUE. (A Ángel). Pues viejo, como te iba diciendo... Un buen bisté...

LUZ MARINA. Un buen bisté y dinero para comprarlo.

ENRIQUE. Por supuesto: el carnicero no te lo va a regalar. (Pausa.) Luz Marina, hablas sin saber lo que dices. Si no hay dinero no hay carne.

LUZ MARINA. Sé muy bien lo que estoy hablando. Para tí la carne no es un problema, tienes dinero para comprarla. En cambio yo tengo que hacer maravillas para poner carne todos los días. (Pausa). Por eso, me alegro mucho que falte la carne. Ojalá falte un año entero.

ENRIQUE. Si uno calcula de antemano lo que gastará durante el mes, ten por seguro que el dinero alcanzará. Ahora, si te gastas el dinero en ésto o en aquéllo...

LUZ MARINA. ¡Oigan al economista! ¡Enrique el Economista! (Pausa). Claro, Enrique el Economista tiene un sueldo fijo, y además de fijo, elevado. Entonces Enrique el Economista hace sus cálculos brillantes. (Pausa.) Pero yo, Luz Marina la piojosa, ¿de dónde quieres que saque el dinero? ¿Del vientre de la ballena? Depende de las clientes y de las ganas que tengan de hacerse un vestido. Por ejemplo, este mes la costura ha estado floja; además, tengo un déficit de diez y nueve pesos. Por último, aclárame: ¿por qué no incluyes en esos cálculos brillantes los treinta pesos que te comprometiste a pasarle a mamá cuando te casaste?

ANA. Luz Marina, por favor...

LUZ MARINA. (Implacable). Los pasaste el primer mes; el segundo diste quince, el tercero diez; el cuarto nada; el quinto, nada, y éste que va corriendo tampoco darás un kilo.

ENRIQUE. El viaje a Nueva York, la enfermedad de María...

LUZ MARINA. Todo eso me tiene sin cuidado. ¿Qué quieres? ¿Qué me convierta en dinero? Ya no puedo con las deudas. Dios sabe que cuando puedo terminar el mes sola, no te molesto. Pero necesito veinte pesos, y me los vas a dar.

ENRIQUE. ¿Es una orden?

LUZ MARINA. Es una súplica, y, además, es lo justo.

OSCAR. No te olvides de mis cinco pesos, Enrique.

ENRIQUE. (Explotando). Y éste... ¿Por qué no trabaja? Así que me pides a mí, y éste vive de niño lindo... ¡Anda, dile que trabaje! Pero no, no puede doblar el lomo porque es poeta, tiene que hacer sus versitos. (Pausa). Si vas a esperar por mis cinco pesos...

OSCAR. Estás en la lista.

ENRIQUE. ¡Bórrame, viejo, bórrame! Pero pronto. No quiero estar en esa lista.

LUZ MARINA. ¿No te da pena hablarle así a tu hermano? Será que le tienes envidia.

ENRIQUE. (Soltando una carcajada). ¿Envidia a ése? ¿A un poetastro? Se pone mis trajes viejos y va a casa a picarme pesetas.

OSCAR. A mucha honra. No pienso dar un golpe. Pero no se preocupen. Un día de estos me verán en París.

ENRIQUE. Encantado. París es para los poetas.

Luz marina. Al menos, allí no se morirá de calor.

ENRIQUE. Pero se morirá de frío. (Pausa). Por cierto, ¿han visto qué calor el de hoy?

LUZ MARINA. No me digas nada. Me he dado tres duchas...

ENRIQUE. Si hubieras comprado el ventilador...

LUZ MARINA. (Dejando caer la tijera). ¡El ventilador! Esto es el colmo.

ENRIQUE. ¡Eh, qué pasa? Yo tengo el mío; ¿por qué no lo tendrías tú? Hay unos muy baratos: quince pesos.

ÁNGEL. Hijo, no toques esa cuerda. Esta se pasa mañana, tarde y noche hablando del ventilador.

LUZ MARINA. (A Ángel). ¡Me tienes llena! ¿Lo oyes? Llena hasta los topes. Si hablo del ventilador es porque puedo hablar. Yo trabajo mañana, tarde y noche. Y tú, ¿qué haces todo el día? Fumar y tomar café. Y por la noche, lo otro...

ANA. Luz Marina, respeta a tu padre.

LUZ MARINA. ¡Respeta, respeta! Tienes una venda en los ojos. No me pinchen por que voy a hablar claro.

ÁNGEL. Te voy a dar dos bofetadas.

ENRIQUE. Vamos, se acabó. Luz Marina, no te propases.

LUZ MARINA. ¡Anjá! Conque tú vienes a sermonearme. Precisamente tú. (Pausa). Si en esta casa malcomemos, te lo debemos a tí. Viajes a Nueva York, idas al cine, comidas en restaurantes caros, ropa... Y la familia ¡que reviente!

ENRIQUE. Pues ya que hablas claro, también yo hablaré claro. (Pausa). ¿Cuándo piensas, princesa, tomar estado? Ningún hombre te resulta. ¿Esperas al Príncipe Encantador que vendrá a sacarte de tu letargo? (Pausa) ¿Qué puedes ofrecerle? ¿Belleza? Nunca tuviste quince... ¿Dinero? Eres más pobre que una rata. ¿Juventud? ¡Ay, la tuya hace rato que se extinguió! (Pausa.) Baja de tu nube, pon los pies en la tierra... Más vale pájaro en mano que ciento volando... Agarra al primero que se presente. No tendrás brillantes, pero conseguirás al fin tu ventilador.

LUZ MARINA. Si esperas que me dé un ataque de nervios por todo lo que acabas de decirme te quedarás con las ganas. (Pausa). Por un ventilador soy capaz de casarme con un sepulturero, y hasta venderme.

ENRIQUE. Pues manos a la obra...

LUZ MARINA. Bueno, Enrique, suéltame ya. No eches más leña al fuego: mira que la caldera puede reventar. (Pausa.) Para calor basta y sobra con el que tenemos.

ENRIQUE. Es cierto. (Pausa). Me paso horas y horas enteras hablando del calor. El de hoy es histórico. (Se afloja el cuello de la, camisa). Esta es la tercera camisa que me pongo. Y eso que estamos en noviembre...

LUZ MARINA. Y date con un canto en el pecho. Al menos dormirás tranquilo.

ENRIQUE. No entiendo...

OSCAR. ¡Ventilador, Enrique, ventilador! Ventilador, es la idea fija de Luz Marina. Cinco pesos para mi libro, es mi idea fija. (Pausa). Enrique, con veinticinco pesos nos quitarás de la cabeza estas malditas ideas fijas.

ENRIQUE. Déjate de bromitas, que estás muy crecidito. Ponte a dar pico y pala hasta ganar veinticinco pesos.

OSCAR. (Mirándolo atentamente). ¡Siempre me asombrarás, hermano, siempre me asombrarás! Mucho más que un verso feliz. (Pausa) Tu poder de imaginación se detiene en el pico y la pala... Y esto es un universitario... (Pausa) Pero, mira: acepto la humillación y todos los ultrajes con tal que me des esos cinco pesos.

LUZ MARINA. (A Oscar). Oscar, no prediques en desierto... (Pausa). Tu libro se hará pese a quien le pese. Se me tendrían que caer las manos para que tu libro no aparezca.

ENRIQUE. Eso es, bobita: excítalo, dale ánimos, llévalo por ese camino. Parará en el hospital...

OSCAR. No seré el primer poeta que para en el hospital. ¿Sabes que es un honor?

ENRIQUE. Oscarito en el hospital. Perfecto. (A Luz Marina). Ya te veo corriendo con la lengua fuera. Y en cuanto a tu ventilador... Como no soples sobre tí misma.

OSCAR. (Se levanta). Me voy. (A Enrique). Piénsalo bien. No me ofenderé por que te empeñes en darme los cinco pesos. Y si te empeñas en no darlos, lo mismo no voy a ofenderme. (Pausa). Bien mirado, me has dicho la verdad, lo cual no obsta para que yo tenga la mía. El poeta y el parásito social no son excluyentes. Encantado si alimentas mi parasitismo. Hasta luego. (Sale).

ANA. ¡Qué muchacho! Es un loco. No le hagas caso.

ÁNGEL. Yo también me voy. La sesión empieza a las nueve y media.

LUZ MARINA. Papá, ¿la sesión?...

ÁNGEL. No me faltes el respeto. Con treinta años y todos tus humos puedo darte dos bofetadas. (Sale).

LUZ MARINA. ¡Bah...! (A Enrique). ¿Tú crees que a fines de noviembre cambie el tiempo?

ENRIQUE. ¡Quién sabe...! Acuérdate del año pasado: diciembre se presentó con unos calores africanos.

LUZ MARINA. Si lo sabré... Sobre esta misma mesa sudé la gota gorda en Pascuas. Cada dienta quería estrenar su vestido el día de Nochebuena. Y la verdad que una no tiene más que dos manos... (Pausa) Todavía no me explico por qué no cogí diez y ocho pesos de ese dinero y compré el dichoso ventilador.

ENRIQUE. Si siguieras mis consejos al pie de la letra...

LUZ MARINA. Estoy dispuesta a seguirlos, pero antes, para ponerme al día, dame los veinte pesos.

ENRIQUE. Tengo primero que sacar mis cuentas. Luz marina. Dime ahora si puedo contar o no con ese dinero. También yo tengo que sacar mis cuentas. (Pausa). Comeremos hasta donde alcance y pagaremos lo que se pueda. No voy a tuberculizarme mientras otros se echan fresco...

ENRIQUE. Fresco con un... ventilador. Al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga... (Pausa). Me retiro. (Besa a Ana). ¡Caramba! ¡Qué calorcito! Luz marina. ¿Cuántos grados hizo hoy?

ENRIQUE. Treinta y dos de máxima y veinte de mínima. LUZ MARINA. Eso explica mis tres duchas. Y me daré la cuarta al acostarme. (Pausa). Aunque no sé por qué lo haré. A los dos minutos: empapada en sudor.

ENRIQUE. Abre bien la ventana. Después de las doce, refresca.

LUZ MARINA. No hay como tener un ventilador: La Vie en Rose... La vida en fresco... (Pausa). Quisiera verte en mi cuarto a las tres de la mañana. ¡Un homo, querido, un homo!

ENRIQUE. Bueno, volveré a principios de mes. Hasta pronto. (Sale).

LUZ MARINA. Hasta luego.

ANA. Me voy a acostar. No me siento nada bien. No trabajes hasta muy tarde. (Sale).

LUZ MARINA. (Vuelve a coger las tijeras, empieza a cortar. De pronto se dirige al librero, lo abre y saca el cuaderno de Oscar. Lo abre, y lee):

El pez de la torre nada en el asfalto,

buscando su alma en las alcantarillas;

Y yo, solo, parado en la acera

veo rodar las lágrimas de mi hermana.

(Vuelve a poner la libreta en su sitio, coge las tijeras, sigue cortando el vestido. Para un momento, mira a su alrededor). — "Veo rodar las lágrimas de mi hermana". (Pausa). A lo mejor, tiene razón... (Sigue cortando).

CUADRO SEGUNDO

Al día siguiente. Siete de la mañana. El mismo decorado. Oscar duerme en el sofá-cama, oculto por un biombo. LUZ MARINA, en bata, sin peinar, sin pintura, está sentada a la mesa y unta mantequilla a un pedazo de pan. Come un poco. Se abanica. Entra Ana con una taza de café con leche.

LUZ MARINA. (Tocando la taza con las dos manos). Está hirviendo.

ANA. Pruébala antes de hablar. Está tibia.

LUZ MARINA. Mamá, pero si echa humo.

ANA. Luz Marina, no empieces tan temprano. Mira que no está la Magdalena para tafetanes...

LUZ MARINA. ¿De modo que tampoco podré decir que la leche está caliente?

ANA. Pruébala.

LUZ MARINA. (Probándola). Tienes razón, no está muy caliente. (Pausa). Parece que el día va a ser de fuego. (Vuelve a abanicarse). (Pausa). ¿A qué hora llegó papá?

ANA. A la una y media. Y con algo más que olor a guayacol...

LUZ MARINA. ¿De qué te asombras? Está cesante, pero nunca le falta la peseta para el ron. (Pausa). Tú tienes la culpa. Lo has consentido toda la vida: dinero que te cae extra, dinero que corres a ponerle en las manos. Chica, no te quejes.

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